24.10.07

Un ángel de caridad



El Hogar de las Misioneras de la Caridad, lugar atrincherado en el mundanal de La Parada como símbolo de resistencia a la deshumanización, acoge a niños enfermos abandonados y a ancianos convalecientes. Aquí Soyer Jesús Álvarez, un joven de 27 años pero con una sonrisa cálida de quinceañero, comparte la mayoría de sus horas diarias con estos niños que lo quieren como a un padre.

Desde la pequeña edad de 8 años, asumió esta tarea de la mano de su madre. Tras vivir un agudo momento familiar, su madre que trabajaba vendiendo comida, en agradecimiento quiso dar su granito de arena a la labor de estas hermanas que siguen el camino trazado por María Teresa de Calcuta. Así una mañana tocaron la puerta de esta casa como voluntarios, su madre se encargó de las labores de la cocina y él niño aún, no comprendía que sucedía dentro de aquella casa, pues veía a ocultas a muchos niños postrados en camas y a señoras con hábitos blancos que los cuidaban. Hasta que una tarde, una de ellas lo sorprendió espiando tras esa puerta entreabierta, él trató de correr, sin embargo, ella con una voz apacible lo llamó, y se dirigió a la lavandería. Le pidió que la ayude a recoger la ropa limpia de los cordeles, obediente y al pie de la letra lo hizo. A partir de ese momento, se sintió parte de la casa.

Mientras crecía, veía que las tareas en el Hogar para él, también aumentaban, pero esta vez ya nadie le ordenó hacerlo, sino su propia convicción y su entrega total a esa causa. Al entrar a secundaria, el trabajo en el Hogar iba a la par de sus tareas académicas. Mientas sus amigos esperaban los fines de semana para descansar o dedicar su tiempo a cosas triviales, él esperaba impaciente, restaba días a su calendario, esperando llegar el sábado para ir al Hogar a visitar a esos amigos que se alegraban cuando lo veían entrar al cuarto, siempre con alguna historia por contar. Por eso, el momento más doloroso fue cuando llegó un sábado y ya no encontró a David, un niño que sufría una enfermedad terminal. Él sabía que ese momento, esa despedida terrenal, llegaba siempre, sin embargo, este hecho marcó su modo de mirar la vida. Se dio cuenta que los momentos que había pasado con David, no regresarían nunca, sin embargo, las sonrisas que él era capaz de dibujar en su rostro cada tarde que se veían, los juegos que realizaba cuando le hacía comer, los baños de agua tibia que le daba, la almohada que acomodaba suavemente para que descansara, todos esos instantes, hicieron de sus últimos días, menos sufribles y él se sintió aún más atado a los niños del Hogar.




Al terminar la secundaria intentó ingresar a una universidad para estudiar Educación, sin embargo, no lo logró. Un día conoció a una mujer que llamó su atención, a quien invitó a ser voluntaria como él en el Hogar, ella accedió a la invitación, y él se enamoró de ella, porque tenía ese espíritu de solidaridad al igual que él. Mientras los meses transcurrían ella dejo de frecuentar el Hogar. Soyer, se creyó traicionado y desde aquella mujer que se asomó a su vida, no apareció otra.

Su labor en el Hogar fue tomando otro rumbo. Las hermanas de esta congregación que veían la abnegación y el esfuerzo de Soyer con cada niño que cuidaba, lo invitaron a formar parte del Hogar, ya no como un voluntario más, sino que le dieron la potestad de tomar decisiones dentro de la casa. El recibió esta nueva tarea como una forma de vida, como él dice: una forma de vida que muchos se ofrecen experimentar pero que pocos finalmente la acogen para siempre.

Ahora Soyer dedica seis días de la semana al cuidado de estos niños. Su día inicia a las 5 de la mañana, abandonando su casa en Comas para dirigirse al Hogar. Lo recibe el portero con un golpecito en la espalda, entra al cuarto de la sección de niños especiales, abre las ventanas, y mira la realidad. Afuera se encuentra la transitada avenida de 28 de julio y Aviación, conocida como Tacora, el cielo y el infierno tienen como límite una simple pared de concreto.

Los niños despiertan, él acude a ellos, los saluda con un beso en la frente y les pregunta qué soñaron mientras dormían. Él responde por ellos, pues muchos de los niños no hablan, sin embargo él crea historias fantásticas que ellos parecen imaginar. Les cambie los pañales y asea, mientras una hermana entra al dormitorio con los desayunos para todos. El día transcurre y él quiere ganarle al tiempo pues tiene una lección pendiente que estudiar para la próxima semana., de la especialidad que ha decidido estudiar: enfermería. El dice que estudia enfermería porque le gusta ayudar a la gente pobre.

Cuando las hermanas le preguntan en tono picaresco, cuándo piensa casarse, él responde de la misma manera: Yo ya estoy casado desde que era un niño, estoy casado con el Hogar, es más ya tengo 19 hijos y sé que muchos han de llegar todavía. Sólo espero no partir tan pronto, pues tengo mucha tarea que cumplir en el Hogar, una función de padre que no quiero dejar, pues los niños me dan fuerza para seguir.

Mi trabajo finalizado, espero que su lugar aqui sea meritorio.

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