30.4.08

Eso

Nunca antes había estado tan lejos, ni mucho menos para desafiar mi realidad. Una cruz inmensa y radiante, abajo de mi el mar y al otro extremo la ciudad. Un vaivén de recuerdos en el abismo de mi miseria y en la plenitud de tu entendimiento me hacía sentir por dentro que cada vez estaba más próxima a entender el por qué estaba allí.

Un miedo sin origen me consumía, me hacía alucinar. Yo sólo veía una neblina espesa en medio de la nada, donde el color negro aparece y se impone desafiante. La adrenalina me recorría de pies a cabeza, parece que ella ya había previsto lo que sucedería. Dejé mi miedo a un lado, respiré profundo y salí a mirar lo que me esperaba.

Me sentía un fugitivo: Veía una cuidad distante, en donde todo se resume a luces amarillas que brillan a lo lejos, otras luces que supones son autos porque se trasladan de un lado a otro, pero no lograba ver a nadie más. Sólo percibía un aire frío en la cara, tan frío que secaba la humedad de mis ojos. Intenté buscar alguna estrella, y la encontré, sin embargo ella no me dijo nada. Atrás de mí acababa todo, atrás de mí estaba el fin de la noche, en su oscuridad egoísta.

Interrumpiste mi monólogo interior para empezar el tuyo. Tan sólo percibí la primera palabra que pronunciaste con ese tono de voz que ponías cuando querías decirme algo y no podías hacerlo, y aguante la caída de una lágrima, pero cuando terminaste de hablar ya no pude más y las dejé caer y hacer lo que quieran.

No podía mirarte a la cara, solo te escuchaba y cada palabra maquinaba imágenes en mi mente, momentos que creí haber olvidado y palabras que recordaban otras y así un mundo se tejió en mi mente. Llegó un momento en el que no quería escucharte más, pero era inevitable.

Buscaste ser escuchado y lo encontraste. En ese instante volátil, te entregué mi alma. Hubiese querido salir de allí para no escuchar tus reclamos, parar el tiempo, parar el mundo y esconderme detrás de esa noche oscura, detrás de la nada. Simplemente dejar de existir en esa cuidad que veía distante.

Sentí 36 meses en 3 segundos, hasta que reaccioné y me di cuenta que estaba despierta y lúcida dentro de mi propio sueño. Te di un abrazo inmenso, y vi como te desvanecías, ya no eras tú, te habías ido. Me sentí sola, y abrí los ojos.

Eran las 10 de la mañana, estaba sola en mi cuarto y tenía mucho frío en los pies. Cerré los ojos otra vez y volví a dormir.

1 comentario:

Oscar Ramirez dijo...

Participa y difunde:

CONVOCATORIA PARA LA PRIMERA ANTOLOGÍA DE POESÍA Y NARRATIVA BREVE “CATÁSTASIS” 2008

Mayor información:

http://edicionesorem.blogspot.com/