25.1.09

Un encuentro inesperado

Las primeras once horas de ese dia me dictaron que debía de caminar lo más que pudiera, es decir, hasta que me duelan los pies, muera de calor o de lo contrario hasta que me aburra de andar sola por alli. Obviamente ya me sabía el camino y tenía la certeza que un poco de soledad de vez en cuando es muy saludable, teniendo en cuenta que no hago ejercicios (ni matemáticos) y que no tenía nada más que hacer ese día.





Mientras caminaba por esas calles pedantes con a olor a cuarentona mantenida, se me vino la ideota (palabra usada por mi padre cuando yo respondía un absurdo a sus llamadas de atención) de jugar a mi juego (valga la redundancia) favorito que me acompaño y fue creciendo desde los 5 a los 12 años, es decir, era tiempo de dejar de ser tan ingrata y desagradecida y mandarle un sms a Chochito (un amiguito que encontré en mi imaginación) e invitarlo a pasear un rato de paso que le contaba mis penas y el me aconsejaba.


Como siempre él tan infalible, llegó más rápido que apurado, pues pasaron tan sólo cinco minutos y me estaba esperando sentado, leyendo su libro verde y con un lapicero inquieto en la mano derecha. Estaba un poco huraño al inicio (era de esperar, tras 8 años de su ausencia) ya luego se fue soltando, hasta que por fin pudimos contarnos todas esas cosas que dejamos pasar por mi dizque madurez y porque el me dijo que ya había terminado su trabajo conmigo. Las primeras seis cuadras, las pasamos en cámara lenta pues cada paso demoraba en asentarse unos cuantos minutos, sin embargo las palabras nos sobraron, bueno más las mías y es que con él si puedo ser sincera al 99.9% (obviamente siempre hay que dejar un margen de error)

Mientras yo renegaba de mi vida, de la suerte de hormiga que tengo, de mis frenados intentos de cambiar de vida y de dirección, él ni se asombraba, es mas me hacia sentir una boba, como una niña mimada aunque la mayoría de veces coincidíamos que me habían cambiado de suerte (así como en las telelloronas mexicanas intercambian los bebés recien nacidos y por ende les cambian de vida) él ni se sorprendío de las cosas que le conté a cerca de mi adolescencia (en ese momento me di cuenta que estoy a punto terminar una etapa del ciclo vital) y me reprendió peor que padrastro, de las cosas que dejé de hacer tan sólo por miedo, por no quedar mal y por no hacer más daño a alguien.




Nos detuvimos y ya estabamos mareados de pensar y decir tantas cosas a la vez, a mi me dolía la cabeza de tanto recordar, pero al mismo tiempo me sentía más ligera, más serena. Así que le propuse bajar al mirar el mar: "quizá hoy no haya mucha gente, porque es miércoles, vamos?". Ya lo sabía! él bajó tan rápido, creo que en tres minutos ya estaba esperandome al final de la bajada, mientras yo con el mareo encima, me costaba bajar tantos peldaños tan seguido. Me sentí de un año, cuando empiezas a caminar sin estabilidad pero no te caes y pues obviamente alguien te espera al final del camino. A todo esto, el sol estaba en su hora más ególatra, allí encima y muy arriba de todos, lo que causó terminar con un calor infernal y con 15% menos de líquido en mi cuerpo.


Tranquilidad encontramos
Piedras calcinates también y en demasía
Arena no había
Mar limpio, por lo menos eso aparentaba
Putas también, para no perder la costumbre


Al sentarnos, dejé de hablar y empecé a divagar hasta que encontré una pregunta y más que eso, intuí, la respuesta a todo: Qué fórmula matemática ideada por John Nash podría adecuarse a la suerte que en ese momento sufrían estas piedras que usé como asiento y por cierto aplasté por casi hora y cuarto. Por qué justo ellas sentaban aguantando mis 51kilogramos, y si ellas tuvieran un nombre, una familia, una vida, por qué justo a ellas les tocó esta maldita suerte, si lo único que hicieron fue estar alli por un proceso natural de erosión marina. Y a todo esto, por qué carajo yo tengo esta suerte de mierda.



Al voltear, mi compañero se había ido, así de pronto me dejó sola, a mi y a ese montón de lánguidas piedras, tan inciertas, tan duras, tan corruptibles. Y fue alli que reaccioné y vi la hora, me levanté con un calambre desde los glúteos hasta el meñique del pie y fue justo en ese momento que me di cuenta que tenía doscientos y pico peldaños que subir.


Desde ese día, pienso que mi compañero se encuentra tomando sol y me esperará un tiempo más para poder charlar, a menos que por segunda vez lo deje plantado y el regrese para mis treinta años con un libro ya roido, unos lentes bifocales y muchas ganas de acompañarme otra vez a andar por allí para perder el tiempo y sobretodo, para escuchar sus llamadas de atención, pero al final con su gran sonrisa.

4 comentarios:

ELIUD dijo...

Hola tienes una medalla que he dado a tu blog para verla puesdes ir diretamente al mio

UN saludo

NKBB-G dijo...

Señorita^^
Muy linda entrada, perdón si dejé en descuido las visitas matinales al sitio. Si lo desea, gallarn@hotmail, no se como antes no pase mi correo. Por ahí es mejor que escribir en un pequeño espacio

NKBB-G dijo...

por cierto, muy lindo texto, viví algo parecido, y espero que se repita

Dr_Dementor dijo...

Excelente post!