22.2.10

La visita

La casa estaba vacía, de pronto él tocó la puerta. Entró. Abrió grandemente los ojos y se exaltó.

Ella por inercia lo recibió con un abrazo cansado e incómodo, pero sin embargo sincero (en el fondo).

Posiblemente él imaginó una respuesta mayor, teniendo en cuenta los años transcurridos que naturalmente debieron curar esas famosas viejas heridas.

Ahora yo observo aquella escena. La miro, y ella finge preocupación, usa adjetivos rebuscados y ya pasados de moda. Asiente con la cabeza y sonríe sutilmente.

De rato en rato, los niños que también visitan la casa son el respiro para cambiar de tema, o bueno funcionan como último recurso cuando se quedan sin palabras y cuando se está apunto de sentir la incomodidad en donde ella ya no quiere escuchar.

Trato de imaginarme cuanto tiempo él ha soñado optimistamente, claro está, este domingo en donde su hija - que él olvidó por mucho tiempo y mucho menos trató como si lo fuera - regresaba intentando recuperar el tiempo perdido. Y sacando cuentas pienso que serían una tres veces por año: su cumpleaños, día del padre y navidad.

También intento imaginar si esta repentina visita es causa de un sentimiento sincero. Quizás porque ella extrañó pronunciar la palabra papá o porque la famosa consciencia le dice que lo haga antes que sea tarde.

Sea lo que sea, y por más que se repitan estas planificadas visitas, ella no dejará de atribuir ciertos recuerdos ingratos de su desproporcionada vida a él. Y él tampoco dejará de arrepentirse en silencio, las veces que debió estar y no estuvo, las que estuvo y no fue lo que debía ser y las que se comportó como debía ser y no cubrió las expectativas.

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