Una de esas tarde de invierno que extrañaba a mi viejo, decidí por fin hacerle caso a un disco que me regaló y sólo guardé. Era uno que tenía de portada la foto de unos chicos verdeazulados y decía "El viaje de Copperpot - La Oreja de Van Gogh", y yo ni sabía quienes eran, pero a pesar de eso, les di una oportunidad.
Me eché en mi cama destendida. Y mientras escuchaba, me fueron gustando algunas letras y la voz de la chica que cantaba, mejor dicho, empecé a envidiarla. Entonces llegué a la décima pista de ese disco, y fue inevitable, recordé a mi viejo.
A partir de ese día, no dejaba de repetirlo al llegar del colegio, o los sábados que peleaba con mis tareas de álgebra, que siempre terminaba con echar la toalla. Cada vez que llegaba a esa décima pista, mi corazón se hacía pequeño, y era inevitable aceptar que extrañaba estar con mi viejo, extrañaba tratarlo con cariño y robarle un abrazo. Y sobretodo anhelaba estar en calma.
Hoy, he vuelto a sentir eso nuevamente. Y no me da tristeza, sólo me emocionó sentir eso nuevamente, como si hubiera regresado a esos días, hace casi diez años atrás.
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